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Opinión

18/10/2020

A propósito de Landelino

Juan José Laborda

El Consejo de Estado ha celebrado -por videoconferencia debido a pandemia- una sesión en recuerdo de Landelino Lavilla (Lérida, 1934-Madrid, 2020), fallecido este pasado mes de abril. Landelino Lavilla fue, por encima de todo, letrado del Consejo de Estado, en el que ingresó por oposición en 1959, y tras un periodo de dedicación absoluta a la política, los años trepidantes de la Transición, en 1983 regresó al Consejo como consejero permanente, renunciando o rechazando empleos en el sector privado, que le hubieran dado más lustre social y mejores ingresos económicos. 
Pero Landelino creía en el Estado, en el Estado social y democrático de nuestra Constitución, y servirlo y defenderlo ha sido la vocación de su vida. Que fue un hombre de Estado ha sido la cualidad que todos los que han hecho glosas de su ejemplar vida, han coincidido al resaltar su personalidad. 
María Teresa Fernández de la Vega, la presidenta del Consejo de Estado, se ha referido a este gran demócrata señalando que tuvo la virtud aristotélica del equilibrio moral, esa preferencia por encontrar ‘el justo medio’ entre dos extremos. 
Cierto, esa fue una constante en la vida personal y política de Landelino. Podría decirse que ese ‘justo medio’ fue la filosofía del centrismo, y en su libro de 2017, Una historia para compartir. Al cambio por la reforma (1976-1977), Landelino Lavilla desarrolla sus ideas sobre el centrismo de la UCD, la Unión de Centro Democrático, el partido de Adolfo Suárez, que Lavilla contribuyó a darle sustancia ideológica y metas estratégicas. 
Al desarrollar sus ideas sobre su propio partido, del que fue su último presidente -cuenta en su libro que Leopoldo Calvo Sotelo le dijo que dimitiría como presidente del Gobierno si él no aceptaba presidir la UCD en 1982-, Lavilla está definiendo, de manera magistral y exhaustiva, los elementos clásicos del liberalismo político. 
En realidad, ese ‘justo medio’, ese centrismo, es la esencia de la democracia representativa: por su respeto a la ley; por su aprecio por el acuerdo; por compartir distintas ideas para resolver problemas complejos (algo que falta hoy con la pandemia, hasta límites que rayan la irresponsabilidad); por el respeto al adversario y a quien ejerce la oposición democrática; por el cuidado por los matices, al definir los asuntos y los problemas políticos…Como señaló Miguel Herrero de Miñón, en su evocación, Landelino Lavilla personificó esas virtudes, y que podrían sintetizarse, primero, en su reciedumbre moral; segundo, su capacidad de aislarse para no perder el juicio sereno por causa de las presiones; y tercero, pero quizás lo más importante, el rigor técnico que debe tener todo responsable público (él mismo y los expertos de los que se asesora). 
Landelino Lavilla, siendo ministro de Justicia en dos gobiernos de Adolfo Suárez, en un tiempo de grandes amenazas, con el terrorismo de ETA atacando ferozmente a unos militares cuya mayoría no creían en la democracia, depuró las instituciones de todo componente franquista, y así, reformó el Código Penal; hizo la primera ley de amnistía; aprobó la ley de la Reforma Política (que hizo posible la legalización de los partidos políticos y las elecciones de 1977); representó al gobierno y al Estado en la importantísima renuncia del padre del rey Juan Carlos a sus derechos históricos a la Corona….
Como señaló Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona, en su brillante y emocionante evocación en la sesión del Consejo de Estado, Landelino Lavilla, por su rigor técnico, puede ser considerado el diseñador principal de la Transición. 
Estos párrafos podrían considerarse una crónica de un gran personaje, cuyas actuaciones a favor del bien común tuvieron lugar hace cuarenta años. 
Pero no es así, el pasado ha regresado: la puesta en marcha de la reforma de la ley con la que se eligen los jueces miembros del Consejo del Poder Judicial, me ha trasladado, en mi memoria, a las maneras de legislar anteriores a Lavilla, cuando el pluralismo político y las garantías jurídicas no existían. La posibilidad de que la herencia de prudencia y de rigor técnico de Landelino Lavilla, su legado de modernidad democrática, pueda ser reemplazada por ‘la acción directa y la improvisación’, los dos defectos que caracterizaron, según Ortega y Gasset, a la España decadente y desorientada de hace cien años, me ha producido una gran angustia: el Estado democrático tarda mucho tiempo en perfeccionarse, pero se corrompe en muy poco tiempo. 
Es patente que el PP está haciendo un obstruccionismo gravísimo e irresponsable al negarse a dar sus votos para renovar el Consejo General del Poder Judicial (y otros órganos constitucionales, tras años de retraso), pero eso no justifica que la ley vaya a ser cambiada por iniciativa del Congreso, en vez de la del Gobierno, para así evitar que se pronuncien previamente el Consejo de Estado, el Consejo del Poder Judicial, y los demás órganos llamados a manifestar sus opiniones sobre la oportunidad, legalidad y constitucionalidad de esa nueva fórmula de elección del gobierno de los jueces. Esquivar el control de las instituciones intermedias es tanto como desconocer la naturaleza de nuestra democracia representativa. Que lo pretenda hacer Unidas Podemos, está en su naturaleza, pero que lo consienta un presidente y unos ministros del PSOE, será un punto de no retorno en su lealtad a la Constitución de un partido que, hasta ahora, había sido un firme sostén de la misma, cuyo sentido europeo y democrático tuvo en Landelino Lavilla un referente muy valioso. 

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