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Opinión

24/05/2020

La utopía de Balmis

Óscar del Hoyo

El proceso se iniciaba con un cuadro caracterizado por el cansancio, la fiebre alta y los vómitos recurrentes. Con el paso de los días, los enfermos observaban cómo su boca se llenaba de llagas y brotaban por su cuerpo peculiares erupciones cutáneas, rellenas de un extraño líquido, denso y nauseabundo, que se transformaban en pústulas. Una vez secas, se cubrían por costras que, al desprenderse, dejaban unas cicatrices que marcaban para siempre a los que conseguían sobrevivir. La viruela, esa patología infecciosa que presentaba estos síntomas y que hasta 1980 no fue erradicada, provocó sólo en su último siglo de existencia 500 millones de muertos. 
La enfermedad, que también desencadenaba ceguera y cuyo origen algunos datan 10.000 años antes de Cristo, fue una pesadilla devastadora, con sucesivos y virulentos brotes que diezmaron sin piedad a la población. Durante  milenios no hubo una profilaxis efectiva, más allá de aislar a los enfermos para evitar más contagios, hasta que en el siglo XVI en China se comenzaron a probar tratamientos rudimentarios que lograban, sin entender muy bien el porqué, salvar vidas y que, pronto, el Imperio otomano empezó a implementar. 
Estos ensayos se fueron repitiendo a lo largo del tiempo y despertaron el interés del británico Edward Jenner, que, mientras concluía sus estudios de medicina, indagó en los textos que existían sobre la viruela, hasta que se percató de la existencia de una variante que afectaba únicamente al ganado bovino. Gracias a las pruebas que con anterioridad habían realizado varios científicos, constató que la gran mayoría de las mujeres que se dedicaba a ordeñar vacas tenía en sus dedos las características pústulas, pero, sin embargo, ninguna desarrollaba la enfermedad.
Siendo ya médico, Jenner decidió utilizar la técnica oriental de la variolización con un niño de ocho años, James Phipps. Para ello, hizo una incisión en la piel del crío e introdujo restos de pus de las manos de una campesina contagiada por el contacto diario con las ubres del animal y, después, cubrió la herida para comprobar la reacción. James tuvo fiebre al cabo de unos días y le brotaron una serie de protuberancias en la zona, sin mayores complicaciones. El inglés, intuyendo que estaba cerca de resolver el problema, inoculó al chaval la viruela humana en varias ocasiones y el experimento confirmó que estaba inmunizado. De esta manera, se creó la primera vacuna de la Historia.
El mundo, que hoy combate una pandemia que nos retrotrae a la peste negra del medievo y que ya ha contagiado a cinco millones de personas y se ha llevado la vida de más de 320.000, trabaja a contrarreloj para encontrar una vacuna que sirva para frenar al coronavirus. De los 116 proyectos reconocidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ocho ya se encuentran en la fase clínica 1-2, que permite pruebas en humanos. Uno de ellos es el de la farmacéutica estadounidense Moderna, que esta semana informaba que había obtenido un resultado «positivo» en su ensayo experimental contra la COVID-19.
La compañía biotecnológica, respaldada por el Gobierno norteamericano, anunciaba que sus pruebas constataban la capacidad de desarrollar una respuesta inmune frente al virus y sus nulos efectos secundarios. Además, auguraba poder tener la vacuna a finales de año e incluso admitía estar en disposición de producir 1.000 millones de dosis en enero.
La noticia, con un planeta ansioso por recuperar la normalidad, corrió como la pólvora hasta que una parte de la comunidad científica, aún dejando claro que estos ensayos son muy respetables, mostró su escepticismo al considerar que las conclusiones eran demasiado optimistas, ya que sólo se encontraron anticuerpos en ocho de los 47 pacientes que participaron en las pruebas. Son muchos los intereses que rodean a esta carrera frenética para detener al SARS-CoV-2. Moderna ha logrado un incremento del valor de sus acciones cercano al 300% en lo que llevamos de año, mucho más pronunciado desde que se volcaron en conseguir la profilaxis; un patrón de subidas y bajadas que se repite con otras firmas farmacéuticas.
China no se quedó atrás y se apresuró a anunciar el viernes en la prestigiosa revista The Lancet disponer de un tratamiento similar al de EEUU, y Oxford también ha presentado sus credenciales. Sin embargo, los plazos más realistas que manejan los especialistas, para unos y otros, varían de los 12 a los 18 meses desde el comienzo de los trabajos y las prisas no son buenas si no se garantiza eficacia y seguridad. 
Los científicos creen que, aunque no sean perfectas, habrá varias vacunas en 2021. Lo primordial, como hizo el español Francisco Javier Balmis con su pionera expedición humanitaria a América en el siglo XIX para combatir la viruela, es que el acceso a las mismas no dependa de la capacidad económica de cada país, sino que tengan carácter universal y lleguen a todos los rincones del planeta. Aunque la idea, tanto entonces como ahora, parezca una utopía.  

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