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Política

13/01/2019

Efecto Andalucía & Efecto Cataluña

El ‘sanchismo’ está más ciego y sordo ante los síntomas y hace de la percepción de la realidad algo de lo que deba huirse

Antonio Pérez Henares

Mientras Sánchez sigue dando botes con el Falcon, ayer en Barcelona, a ofrecer más presentes a los separatistas, y hoy en Castilla y León a vender la moto de lo bien que lo hace todo, las miradas de sus barones y de sus alcaldes están cada vez más fijas, inmovilizadas, con cierto tono de fascinación de los del pájaro ante la serpiente, en Andalucía. No se acaban de creer lo que cada vez es más inminente. Que los han echado del Gobierno, de 36 años de sillón y mando. Y que eso tiene visos de ir subiendo hacia el norte. Lo único que se les ocurre como mantra es que las teles y las radios afines u okupadas digan muchas veces que son muy ultras y muy brutos. Unos extremistas que dan miedo. Mucho miedo, proclaman, sin pararse ni por un instante a reflexionar que los suyos, desde los golpistas secesionistas catalanes, a los filoetarras de Bildu y los izquierdosos exbolivarianos de Podemos sí que acumulan hechos y razones más densas en cuanto a pavores se trata.
El sanchismo, los podemitas ya son un caso perdido, parece cada vez más ciego y sordo antes los síntomas y hace de la percepción de la realidad algo de lo que debe huirse. Sánchez no quiere, ni mal ni bien, elecciones, y seguirá arrastrándose ante quienes un día negó ante los españoles y ante sus propios militantes no pactar jamás. Pero al PSOE que no vive en La Moncloa les toca el 26 de mayo. Y no les llega la camisa al cuerpo. Hasta a los que anteayer lo tenían de cara les ha entrado el nervio. El efecto, Andalucía no solo no va a ir amortiguándose. Puede hasta ir in crescendo. A nada que acierten en algunas medidas de choque y si la respuesta es la algarada callejera de tropas que no han dado palo al agua gritando «Esta es la lucha de la clase obrera» como hicieron tras las urnas, la ahondarán más todavía. Pero aún peor que el andaluz es el efecto Cataluña. Ese es el que está siendo letal para el PSOE. Porque es muy difícil españolear en Badajoz, Toledo, Zaragoza y que en La Moncloa se esté cada día de galanteo con la traición a España. Andalucía ha sido el primer y tremendo aviso. Que lejos de tomarse en cuenta lo único que ha provocado es un áspero cabreo. Y en eso siguen anclados mientras que frente a ellos han sucedido muchas cosas y para algunos realmente positivas y hasta milagrosas.
Se habla mucho, y es lógico por su irrupción, de Vox y algo menos de Ciudadanos pero a quien se les ha aparecido el genio de la lámpara ha sido al PP. Recapitulemos. Un minuto antes de la votación algo había claro. Pablo Casado se jugaba un match ball personal y su partido la ruina si era superado por Cs. Con alcanzar la Junta ni soñaban. El joven líder se metió a fondo en la pelea. Y, no cabe duda, no solo salvó el día sino que el día 16 tendrá en manos de su partido la región mayor de toda España, en la que la derecha jamás había gobernado. Un vuelco. También en las sensaciones. Una victoria importantísima, a pesar de la bajada en votos y escaños y la pérdida del Gobierno central. La primera batalla librada y ganada por Casado. El PP ha salido con una imagen reforzada. Firme, prudente y buscando con temple el objetivo. Un partido de Gobierno, donde ha emergido Teodoro García Egea como un negociador brillante y como un secretario general fiable. Ha sabido lidiar con los posturnos naranjas de Cs y con los arrebatos clorofílicos de Vox. 
responsabilidades. Ciudadanos, que sí ha cumplido su palabra de cambio, algo de lo que tras sus tres años de boda con Susana Díaz y sus veletazos, se dudaba, han dejado aparte el desparrame de exigir para ellos la Presidencia de la Junta y conformado un pacto y un programa centrado, de calado y con medidas trascendentales y de pronta puesta en marcha. Sus asquitos continuos y hasta provocaciones a Vox para que explotara y se llevara por delante el acuerdo también han quedado en la retina política. Han salido bien, pero con algún deje a pares. Nadie sabe qué van a hacer en los acuerdos futuros en otros lugares. Y ello puede ir a favor o en contra. Lo suyo es moverse por los alambres. Ahora están un tanto resbaladizos. 
Vox ha protagonizado los sobresaltos. Primero el del resultado que le llevó a la euforia. Después pareció encarrilarla, a pesar de los desprecios de Cs, con el pacto con el PP para la mesa del Parlamento donde logró un asiento. Se le fue, y de qué manera, la mano en la puesta en escena y salió con un papel untado en dinamita que dejó helados a muchos, incluso de sus propios votantes. Un dislate desproporcionado que ponía en peligro cualquier acuerdo. Pero García Egea aguantó impasible y se puso al tajo. En un día quedó despejada la tronera y salió el sol. O Vox no comprendió que esa pasada de frenada podía acabar por el despeñadero y que lo iba a pagar de inmediato tanto al norte como al sur de Despeñaperros o era parte de su escenografía. Negoció de veras, se dejó de relinchos y firmó un pacto, solo con el PP, pero que no ponía en peligro lo suscrito por estos con Cs para el Gobierno y que lograba añadir algunos puntos asumibles una vez que dejaba de lado bravatas, imposibles y salidas del tiesto. No ha salido, en absoluto, malparado aunque sí, algo embridado. Ha demostrado que la primera vez que su voto y sus escaños tenían utilidad y eran decisivos ha tenido responsabilidad y puede presumir que el cambio en Andalucía es gracias a sus resultados y de su mano.

Política

13/01/2019

Efecto Andalucía & Efecto Cataluña

El ‘sanchismo’ está más ciego y sordo ante los síntomas y hace de la percepción de la realidad algo de lo que deba huirse

Antonio Pérez Henares

Mientras Sánchez sigue dando botes con el Falcon, ayer en Barcelona, a ofrecer más presentes a los separatistas, y hoy en Castilla y León a vender la moto de lo bien que lo hace todo, las miradas de sus barones y de sus alcaldes están cada vez más fijas, inmovilizadas, con cierto tono de fascinación de los del pájaro ante la serpiente, en Andalucía. No se acaban de creer lo que cada vez es más inminente. Que los han echado del Gobierno, de 36 años de sillón y mando. Y que eso tiene visos de ir subiendo hacia el norte. Lo único que se les ocurre como mantra es que las teles y las radios afines u okupadas digan muchas veces que son muy ultras y muy brutos. Unos extremistas que dan miedo. Mucho miedo, proclaman, sin pararse ni por un instante a reflexionar que los suyos, desde los golpistas secesionistas catalanes, a los filoetarras de Bildu y los izquierdosos exbolivarianos de Podemos sí que acumulan hechos y razones más densas en cuanto a pavores se trata.
El sanchismo, los podemitas ya son un caso perdido, parece cada vez más ciego y sordo antes los síntomas y hace de la percepción de la realidad algo de lo que debe huirse. Sánchez no quiere, ni mal ni bien, elecciones, y seguirá arrastrándose ante quienes un día negó ante los españoles y ante sus propios militantes no pactar jamás. Pero al PSOE que no vive en La Moncloa les toca el 26 de mayo. Y no les llega la camisa al cuerpo. Hasta a los que anteayer lo tenían de cara les ha entrado el nervio. El efecto, Andalucía no solo no va a ir amortiguándose. Puede hasta ir in crescendo. A nada que acierten en algunas medidas de choque y si la respuesta es la algarada callejera de tropas que no han dado palo al agua gritando «Esta es la lucha de la clase obrera» como hicieron tras las urnas, la ahondarán más todavía. Pero aún peor que el andaluz es el efecto Cataluña. Ese es el que está siendo letal para el PSOE. Porque es muy difícil españolear en Badajoz, Toledo, Zaragoza y que en La Moncloa se esté cada día de galanteo con la traición a España. Andalucía ha sido el primer y tremendo aviso. Que lejos de tomarse en cuenta lo único que ha provocado es un áspero cabreo. Y en eso siguen anclados mientras que frente a ellos han sucedido muchas cosas y para algunos realmente positivas y hasta milagrosas.
Se habla mucho, y es lógico por su irrupción, de Vox y algo menos de Ciudadanos pero a quien se les ha aparecido el genio de la lámpara ha sido al PP. Recapitulemos. Un minuto antes de la votación algo había claro. Pablo Casado se jugaba un match ball personal y su partido la ruina si era superado por Cs. Con alcanzar la Junta ni soñaban. El joven líder se metió a fondo en la pelea. Y, no cabe duda, no solo salvó el día sino que el día 16 tendrá en manos de su partido la región mayor de toda España, en la que la derecha jamás había gobernado. Un vuelco. También en las sensaciones. Una victoria importantísima, a pesar de la bajada en votos y escaños y la pérdida del Gobierno central. La primera batalla librada y ganada por Casado. El PP ha salido con una imagen reforzada. Firme, prudente y buscando con temple el objetivo. Un partido de Gobierno, donde ha emergido Teodoro García Egea como un negociador brillante y como un secretario general fiable. Ha sabido lidiar con los posturnos naranjas de Cs y con los arrebatos clorofílicos de Vox. 
responsabilidades. Ciudadanos, que sí ha cumplido su palabra de cambio, algo de lo que tras sus tres años de boda con Susana Díaz y sus veletazos, se dudaba, han dejado aparte el desparrame de exigir para ellos la Presidencia de la Junta y conformado un pacto y un programa centrado, de calado y con medidas trascendentales y de pronta puesta en marcha. Sus asquitos continuos y hasta provocaciones a Vox para que explotara y se llevara por delante el acuerdo también han quedado en la retina política. Han salido bien, pero con algún deje a pares. Nadie sabe qué van a hacer en los acuerdos futuros en otros lugares. Y ello puede ir a favor o en contra. Lo suyo es moverse por los alambres. Ahora están un tanto resbaladizos. 
Vox ha protagonizado los sobresaltos. Primero el del resultado que le llevó a la euforia. Después pareció encarrilarla, a pesar de los desprecios de Cs, con el pacto con el PP para la mesa del Parlamento donde logró un asiento. Se le fue, y de qué manera, la mano en la puesta en escena y salió con un papel untado en dinamita que dejó helados a muchos, incluso de sus propios votantes. Un dislate desproporcionado que ponía en peligro cualquier acuerdo. Pero García Egea aguantó impasible y se puso al tajo. En un día quedó despejada la tronera y salió el sol. O Vox no comprendió que esa pasada de frenada podía acabar por el despeñadero y que lo iba a pagar de inmediato tanto al norte como al sur de Despeñaperros o era parte de su escenografía. Negoció de veras, se dejó de relinchos y firmó un pacto, solo con el PP, pero que no ponía en peligro lo suscrito por estos con Cs para el Gobierno y que lograba añadir algunos puntos asumibles una vez que dejaba de lado bravatas, imposibles y salidas del tiesto. No ha salido, en absoluto, malparado aunque sí, algo embridado. Ha demostrado que la primera vez que su voto y sus escaños tenían utilidad y eran decisivos ha tenido responsabilidad y puede presumir que el cambio en Andalucía es gracias a sus resultados y de su mano.

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