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Ganadería

14/01/2021

«Hay que tener mucha ilusión»

La ganadería extensiva, que debería ser un motor del mundo rural por su capacidad para fijar población y mantener el medio ambiente, encuentra obstáculos por todas partes

«Hay que tener mucha ilusión»

M.H. (SPC)

En medio de un espectacular valle, a la orilla un recién nacido río Cea, se sitúa Prioro. Se trata de una de las localidades más orientales de la montaña leonesa y está a pocos kilómetros del Parque Nacional de Picos de Europa. Un lugar tan bueno o malo como otro cualquiera para ejercer uno de los oficios más esclavos que existen: la ganadería. Y es ahí donde Raúl cría vacas de carne en régimen extensivo. A poco más de un año de su jubilación, su hija Rosalía, de 23 años, toma el testigo.
Ella es parte de esa cada vez más escasa generación que, con su medio de vida, elegido a sabiendas, se busca las lentejas y además constituye la continuación de una parte ancestral e imprescindible de los ecosistemas, de los pueblos y de su conservación actual y futura. Y eso a costa de mucho esfuerzo: «yo no supe lo que es irme de vacaciones hasta los 17 años, pero me parecía lo normal».
Según datos del Ministerio de Agricultura, en 2019 la producción de vacuno de carne en España supuso un valor de 3.277,5 millones de euros, es decir, un 6,3% de todo lo que produjo el campo. Se trata del tercer sector ganadero en importancia (16,5% de la Producción Final Ganadera) detrás del porcino y el avícola. Y algo más de un tercio de las cabezas de bovino que hay en España son vacas nodriza que se emplean para la producción de terneros para carne.
Estas vacas son las que cría Rosalía desde hace seis meses. Concretamente se trata de asturianas de la montaña, una raza autóctona adaptada a las condiciones de la zona. Con 23 años y después de ayudar a su padre desde que era niña, ha decidido comenzar con su propia explotación. Explica que arrancar es muy complicado: «Hay que tener mucha, mucha ilusión. La primera semana estuve a punto de desistir todos los días».
Para empezar, según comenta, nadie puede convertirse en ganadero sin un cierto apoyo económico y sin asesoramiento. Siendo mujer joven las ayudas son más abundantes que en el caso de los hombres; y la edad también marca la diferencia (después de los 40 años los incentivos para poner en marcha una granja disminuyen). Pero en cualquier caso hay que solicitarlas, un proceso que conlleva mucho papeleo y que es prácticamente imposible de llevar a cabo sin la ayuda de los técnicos de alguna organización agraria que conozcan los entresijos de la administración; ella confió en ASAJA.
Una vez concedidas, si es el caso, no llega todo el dinero al principio, sino solo la mitad en el caso de Rosalía. La otra mitad se cobra cuando ya se ha gastado; es decir, han de acometerse las inversiones para las que se ha solicitado el montante y, una vez justificadas esas inversiones con los pertinentes documentos y facturas, se recibe el resto de la ayuda. En definitiva, hay que contar con el dinero que se solicita antes de recibirlo. Por eso Rosalía insiste en que sin apoyo, el de su padre en este caso, habría sido imposible: cada asturiana de montaña que adquirió para poner en marcha su explotación cuesta 900 euros.
Pero incluso si se dispone del colchón económico necesario, surge otro problema para que los jóvenes se inicien: hay que conocer el oficio. Si no se es hijo o nieto de ganadero y se ha visto desde niño qué supone el día a día de una explotación de este tipo es muy complicado llevarla adelante. Desde los trabajos cotidianos hasta actuaciones más puntuales pero extremadamente importantes como ayudar en un parto, son muchas las situaciones que se pueden dar. Raúl comenta que «si un ternero viene de nalgas, yo sé cómo ayudar a la vaca. ¿Por qué? Porque se lo vi hacer a mi abuelo. Solo con ver cómo se le aflojan los nervios antes de parir sé si el ternero es macho o hembra». Pero el problema es que, salvo la transmisión directa de una generación a otra, ¿cómo pueden adquirirse esos conocimientos?
Afortunadamente, Rosalía también cuenta con su padre, y con los años que ya lleva ayudándole, para ser capaz de llevar a cabo todas las tareas necesarias. Aún así, cuando su explotación llegue a los cinco años de existencia, periodo que una buena cantidad de primeras instalaciones no llega a resistir, no se va encontrar con un camino de rosas. Los problemas del ganadero son constantes.

 

Los obstáculos.

Raúl afirma con convencimiento que «el ganadero está condenado a extinguirse». Las enfermedades son uno de los problemas. La brucelosis y la tuberculosis son las dos que más quebraderos de cabeza causan, ya que las explotaciones en extensivo están más expuestas a los contagios. Esto se debe a que, según cuenta Raúl, los ciervos transmiten la primera y los jabalíes la segunda a través de la contaminación de los pastos y el agua, y ambas especies de ungulados son abundantes por la zona.
Saneamiento Ganadero hace pruebas periódicas a todos y cada uno de los animales de la explotación y, si alguno da positivo, no queda otro remedio que sacrificarlo y hacer un seguimiento más cercano a todo el rebaño durante las semanas siguientes para evitar la propagación. La muerte de esas reses constituye una pérdida económica, a pesar de que Raúl, como muchos otros ganaderos, cuenta con un seguro. Sin embargo, explica que una cosa es lo recibe por la vaca y otra lo que deja de ganar con ella. Si el caso ocurre con un animal de tres años, que ha empezado a parir ese mismo año o el anterior, está perdiendo al animal y, además, los terneros futuros.
En agosto de 2001 hubo un brote de brucelosis en Prioro. Raúl tuvo que sacrificar todas sus vacas. Gracias, entre otras cosas, a que tenía un seguro, pudo comenzar de nuevo, aunque ese mismo seguro le impuso recargo en la cuota del 400% al año siguiente. Otros ya no levantaron cabeza. En los años 1999 y 2000 había en el pueblo 49 explotaciones de vacuno que contaban con una media de unos 40 o 50 animales cada una. Después del episodio de la brucelosis, en septiembre del 2001, quedaban 150 vacas en total. Entre la enfermedad y, añade Raúl, «el boom de la construcción», que reclutó jóvenes por toda España, la ganadería estuvo a punto de desaparecer. Hoy en día se pueden contar con los dedos de una mano las explotaciones que se mantienen.
Por si la tuberculosis y la brucelosis no fueran suficientes, siempre está presente la fauna salvaje. Hay que tener en cuenta que las madres viven siempre libres. Los terneros son llevados a la nave de cebo al alcanzar una determinada edad, pero las vacas no saben lo que es estar entre cuatro paredes. Con lo cual los encontronazos con depredadores son inevitables.
El lobo está presente en toda Castilla y León, el norte de Castilla-La Mancha en incluso La Rioja cuenta con alguna manada. Los ataques de buitres son algo generalizado en buena parte del territorio nacional. Raúl y Rosalía describían cómo hasta los pequeños zorros se atreven con las vacas que están pariendo -y se encuentran absolutamente desvalidas- y, a base de morder zonas blandas, acaban desgarrando, desangrando y matando al animal. Y en buena parte de la Cordillera Cantábrica, además, hay que lidiar con el oso.
De hecho Raúl ha recibido su visita no hace mucho. Aunque pensaban que había sido obra de los lobos, el agente medioambiental que acudió para inspeccionar el cadáver les aclaró que, por las marcas, el responsable del ataque era un oso. Sin embargo los lobos también le han dejado su firma recientemente. Hace apenas dos semanas mataron un ternero, pero como las orejas habían desaparecido, probablemente en el estómago de los propios lobos, y no se podía identificar al animal, el seguro no se hizo cargo. «500 euros que pierdo»; se lamenta Raúl. Y además está obligado a contar un seguro para que una empresa venga a retirar esos cadáveres, ya que la normativa impide que se abandonen en el campo para que lo puedan aprovechar los carroñeros, lo cual evitaría muchos encontronazos con los buitres.
Por si fuera poco, el coronavirus tampoco ha hecho ningún favor a los ganaderos de vacuno de carne. El cierre del canal HORECA limitó el consumo de ciertas piezas y los compradores se vieron en posición de presionar con los precios, ya que los terneros tienen una edad determinada para ser sacrificados antes de empezar a perder rentabilidad.
A esto se suma la subida en las materias primas empleadas para elaborar los piensos. La madres que viven en extensivo se mantienen todo el año con lo que pastan y con forraje seco si no tienen acceso al alimento fresco, como en el caso de grandes nevadas. Pero los terneros que se llevan a la nave de cebado necesitan pienso para alcanzar el peso óptimo para el sacrificio. Si lo que comen es más caro y luego pagan menos por ellos, evidentemente el ganadero pierde rentabilidad. Lo más grave de esto es que la carne no se ha abaratado para el consumidor.

 

La PAC.

La Política Agrícola Común tampoco se lo pone fácil a los ganaderos en extensivo, sobre todo en zonas de montaña como Prioro. Los animales pastan en los valles durante el invierno, pero en verano suben a los puertos para aprovechar el forraje de la alta montaña mientras en zonas más bajas se agosta. Sin embargo, los terrenos en pendiente penalizan a la hora de cobrar la PAC, pues solo se contabiliza un porcentaje o directamente queda excluido de los cobros. Y algo similar ocurre cuando las vacas usan como pastos áreas arboladas.
Al estar los cobros ligados a la superficie de pastos que aprovechan los animales de la explotación en cuestión, muchos ganaderos de zonas de montaña de toda España se ven obligados a arrendar pastos en zonas más bajas, aunque haya casos en los que ni siquiera lleguen a usarlos, para poder cobrar las ayudas conforme a los animales que mantienen.
En España el vacuno de carne ha estado ligado históricamente a zonas de montaña y Raúl se queja de que esta normativa solo sirve para ponérselo difícil a los titulares de las explotaciones. Se supone que la ganadería extensiva es buena para la naturaleza, sujeta población en el medio rural y brinda productos de calidad, pero Raúl lamenta que las normas nunca ayuden a quienes la mantienen.
Rosalía habla con pena de la falta de conciencia, o conocimiento, de la que a veces pecan los consumidores. «Es una pena que la gente compre una carne que viene de fuera porque es un poco más barata que la de aquí. Si supieran lo bien que tratamos a las vacas…».

 

La asturiana de la montaña.

Rosalía se ha decantado para arrancar su explotación por una raza autóctona en peligro de extinción, la asturiana de la montaña. Dice que «quería algo de aquí» y, más allá del beneficio que supone para cualquier animal en estas circunstancias de escasez el contar con un ganadero más que lo críe, Rosalía también obtiene beneficio. La variedades de ganado propias de una zona están, lógicamente, más adaptadas a esa zona que las foráneas. Estas asturianas de la montaña, aunque más pequeñas que las que cría su padre, tienen la ventaja de que comienzan a parir antes, dan un ternero por año, tienen partos fáciles en los que no es necesario asistirlas y son capaces de comer pequeñas ramas o las puntas de los juncos en caso de nevadas; de hecho, este invierno no ha tenido que facilitarles alimento suplementario porque saben buscarse la vida. Esta vaca estuvo a punto de desaparecer durante la segunda mitad del siglo XX debido a la introducción masiva de razas extranjeras, pero en los años 80 comenzó su recuperación. Su carne es muy apreciada y ha recibido premios internacionales.

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