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Opinión

23/02/2021

Cuarenta años no es nada

Fernando Lussón

¿Dónde estabas o que hacías cuando se produjo el golpe de Estado del 23-F? Para varias generaciones de españoles se trata de una pregunta muy fácil de responder, de la misma forma que también otras saben en qué se ocupaban cuando ocurrieron los atentados del 11-M. Para generaciones posteriores, nombres como los de Antonio Tejero, Jaime Milans del Bosch o Alfonso Armada no significan nada porque, aunque vivan en una democracia perfectible –una evidencia que traspasa las quejas de Pablo Iglesias- aquella intentona golpista supuso un paso adelante en la consolidación de un régimen de derechos y libertades –también de deberes- que no les exime de ser conscientes de la necesidad de contribuir a su fortalecimiento con su contribución.  

El acto que tendrá lugar hoy en el Congreso para conmemorar el fracaso del golpe de Estado, con la presencia de los reyes, es algo más que una conmemoración histórica de trámite, dada la situación en la que se encuentra su principal protagonista, el Rey emérito Juan Carlos I, residente en Abu Dabi tras su salida de España por sus presuntos actos de corrupción. Para sus detractores se trata de una ocasión para ‘lavarle la cara’ por cuanto su actuación en aquella noche fue determinantes para abortar el golpe, y para otros es una ocasión de desagravio y de resaltar su momento histórico más relevante. Y como todos los aniversarios redondos supone también una ocasión para la revisión histórica y para tratar de arrojar luz sobre las dudas e incógnitas que aún pesan acerca del papel que interpretaron cada uno de sus principales actores y las condiciones –ETA, desarrollo autonómico, crisis económica- que sirvieron de caldo de cultivo para inducir al golpe.     

Del 23-F quedan dos certezas, la primera que no contó con ningún tipo de apoyo social,  que nadie salió a la calle para apoyar a los golpistas que ocuparon el Congreso y retuvieron al Gobierno en pleno y a todo el poder legislativo, a pesar del franquismo latente que todavía se dejaba sentir, y que sí lo hicieron en las manifestaciones de los días posteriores en repulsa por la intentona; y en segundo lugar, y en este caso siguiendo al escritor Javier Cercas, que el papel del Rey fue determinante para frenar a los espadones porque si Juan Carlos I hubiera querido que el golpe triunfara, el golpe habría triunfado, dada su ascendencia sobre los capitanes generales.  

La conmemoración del fracaso del 23-F también debe ser un recuerdo para aquellos militares, que han dejado de serlo y a quienes todavía están al servicio de las armas, que su compromiso era y es con la defensa de la Constitución, que no hay margen para que en los cuartos de bandera suene el ruido de sables contra un gobierno legítimamente constituido, y que ninguna minoría puede poner en cuestión el compromiso de las Fuerzas Armadas con la democracia.  

La decisión de los partidos nacionalistas e independentistas con representación parlamentaria de no acudir al acto con los reyes está dentro de su lógica antimonárquica y contraria al régimen del 78 y por lo que pueda suponer de reivindicación de la figura del Rey emérito, pero el fracaso del 23-F trasciende esas excusas de vuelo corto por ser un momento clave en el desarrollo del sistema democrático, que cuarenta años después es preciso seguir fortaleciendo    

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