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Opinión

16/01/2022

El prestigio

Víctor Arribas

Rusia acaba de sofocar las revueltas de los ciudadanos de otro país enviando tropas compuestas por blindados, vehículos articulados y soldados armados hasta los dientes. Ha apoyado así, reprimiendo a la población en su defensa del acceso a los combustibles para calentarse en el frío invierno, al presidente de ese país vecino que ordenó a sus policías disparar a matar para acabar rápido con las protestas. Vladimir Putin ha ayudado a su delfín en Kazajistán como corresponde a la gran potencia que tutela a su vecino y ex compatriota, y lo ha hecho tal y como resuelve los asuntos dentro de la propia Gran Rusia: intimidando, acorralando, persiguiendo y si hace falta haciendo desaparecer a los que se oponen a su régimen de mano de hierro. Bien es cierto que en los asuntos patrios es más sibilino y calculador: nadie ha podido probar que ningún agente de la KGB envenenara a Alexander Litvinenko ni que alguno de sus matones vaciara el cargador de su kalashnikov en el cuerpo de Boris Nemtsov en el puente que hay justo al lado del Kremlin. Esas cosas nunca se podrán demostrar. Pero en Kazajistán, todas las televisiones del mundo han explicado que casi doscientas personas han sido asesinadas por protestar contra el gobierno con la ayuda de los soldados enviados por el zar ruso, todos los gobiernos mundiales lo han visto, y los cientos de organizaciones pacifistas que claman en otras ocasiones contra los excesos del poder se han quedado mudas ante este nuevo Tiananmen, al que sólo le ha faltado una imagen como la de aquél hombrecillo frente a los tanques chinos antes de ser convertido en papilla. Como no hay imágenes de cadáveres, pese a haberlos por decenas, este ha sido un asunto con nula reacción de condena por parte del mundo entero, ONU incluida.

Y por supuesto, no ha habido condenas porque esto no lo ha hecho Estados Unidos, pongamos durante la presidencia de Trump. Imaginar lo que hubiera sido el planeta en caso de envío de los marines a disparar contra los manifestantes en un país sudamericano gobernado por la derecha en el que la gente saliera a la calle a reclamar sus derechos, es sobrecogedor: las embajadas norteamericanas arderían con las manifestaciones de rechazo a algo que sin embargo a Rusia se le consiente y se le ignora como si no cometiera atropello alguno hacia la democracia y la libertad. América tiene un prestigio de sheriff mundial y de imperialista, y sin embargo Rusia disfruta de una bula incalificable que convierte en sectario cualquier ataque a la política internacional de Washington que venga acompañado del silencio sobre la dictadura de facto que impulsa Moscú.

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